jueves, 2 de marzo de 2017

Un, dos, tres, cuatro y cinco poemas de Consuelo Fraga












Consuelo Fraga nació en Buenos Aires en 1969 y vive en el oeste desde 2007. En 2005 publicó la plaqueta Motos, e integró la antología Felicidades también (18 poetas), editada por Editorial Limón. En 2007, la misma editorial publicó su primer libro, Eduardo Acevedo 852. Fue seleccionada para participar de la antología Poetas argentinas (1961-1980), compilada por Andi Nachón y publicada por Ediciones Del Dock en 2008. Luego publicó Motos y Reinas (por Ediciones en Danza, en 2009), Stabat Mater (por Ediciones Del Dock, en 2014) y en 2016, Cuaderno Rojo, también por Ediciones Del Dock.

Príncipes

Bordeamos la plaza alejándonos del Palacio,
“No, mi preciosa, upa no, que me duele la espalda”
y cómo sería el puchero en tu rostro que aquél
flaco y morocho emergió entre cartones,
se inclinó frente a vos, la rodilla en el suelo
y sacó de la nada un osito azul
con panza naranja y el moño escocés,
una oreja rosada y la planta del pie
izquierdo también, algunos pelonchos
negros y el sombrero de pañolenci.
Dijimos: “Gracias”, las dos  
y desbordaron nuestros ojos,
te habías olvidado del upa
y te fuiste contenta con tu osito nuevo.
La cuadra siguiente, abrazada a un poste,
dijiste: “Me caso con éste
y dejo a papi”,
cara de pícara. 


No me olvides

Quién bajo la lluvia marchará pidiendo
no le tapen los ojitos.
Amiga, yo nunca salí a comprar
sola ni un botón
pero fumé tranquila mi risa
y vos también, entonces
no seas facha,
si estamos vivas de casualidad.
Hasta en los sueños lo siento,
nos quieren hacer decir:
“Fui yo”,
y no es así.
Veo las noticias en la pantalla:
que no engendremos otra cosa
como no sea la sumisión
a la que siguen pretendiendo acostumbrarnos.
Me detengo y respiro.




Litiasis vesicular
“Cuántas noches, cada noche de ternura tendremos que dar.”
Los Jaivas.
Estabas en la habitación, amarrocado
del tobillo a la cama del hospital de Melchor Romero.
Gracias a eso pudimos entrelazar los dedos.
Después te vi fumar.
Me asomé a la ventana para ganar en perspectiva
y volví a acercarme, porque ese gesto
podía interpretarlo la custodia como algún signo o llamada,
perdiendo su tiempo en cosas que no son.
Escuché, a la mañana siguiente, cuando llegó el relevo
que pertenecía a la división perros. Me alegré
de cruzarme con Vilma, la cirujana
que era mujer de Willy, el colectivero.
Le hizo gracia saber que soy yo tu mujer.
Talla la guacha ahí, la llamaban a ella
para insistir con el turno.
Vernos de noche por primera vez:
se lo debemos a tu vesícula.




Ojos cuadrados

Dibuja un edificio alto con dos ventanas enrejadas
arriba de todo y abajo, una puerta pequeña.
Es la cárcel de papi, dice Milagros.
A mitad de camino el edificio tiene ojos
cada ojo es un punto englobado por un redondel
y debajo sonríe una curva amplia.
A un lado y al otro -¡afuera!- estamos papá, Milagros y mami,
nuestros tamaños en escala previsible.
A veces sale humo de unas chimeneas
y se descuelga en vez de elevarse,
como si a la cárcel de papi le hubieran hecho dos colitas.
Cada tanto las ventanas en lugar de sus rejas
tienen un punto adentro y no pregunto
si son ojos cuadrados, prefiero adivinar
una mano que saluda, risas o gritos que anuncian
palomas de contrabando.
Las paredes son por ahora lisas y limpias
quizás dentro de un tiempo también se despliegue
la chorreadura de unas manchas de mugre
en diferentes tonos estirada según la fuerza de las lluvias.
Las flores que dibuja Mili ya empiezan a tener
pétalos rellenos de color y no ser solo un contorno.




La Colorada

Desnudo bajo la luz
ahí donde están los mosquitos
te hacían poner
los machos de uniforme.
Será que les gustaba
ver bailar a otros machos
presos
al ritmo de la picazón.
¿Cómo le decís vos a eso?

No veo la hora
de que llegue el derrame,
el que va a venir
cuando todos ustedes
se decidan a llorar.

No me pica
no me pica
no me pica.


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